LOS CITADINOS

Como muchos de mis coterráneos, mis vacaciones decembrinas tenían lugar en la finquita de mi abuela paterna en la vereda La Frisola a una hora del corregimiento de Palmitas.  Era una casa pequeña sin muchas pretensiones: una cocina y dos habitaciones en galería, frente a un patio empedrado.

Misia Adelaida era una campesina brava, encanecida demasiado pronto, a la que la vida había hecho tosca e impenetrable por una viudez temprana, una pobreza sin tregua y dos vástagos fugitivos.  En total tuvo cuatro hijos y solo dos de ellos se habían quedado cerca; el uno casado muy joven gracias a su precoz actividad hormonal y su hermana menor en calidad de compañía, motivada por la feroz campaña materna espantadora de novios. 

Los otros dos huyeron cada uno a su manera: la mayor puso pies en polvorosa, con la ayuda del cura de Palmitas, dos días antes de su ceremonia de bodas y el menor a los doce años emprendió camino al Urabá antioqueño, con el fin de evitar una de las pelas que mi abuela propinaba, al parecer con cierta soltura.   Sus nombres se convirtieron en un dolor sordo, que solo se evidenciaba cuando alguien pronunciaba sus nombres, sin embargo la furia se fue atenuando con cada fragmento de noticia que llegaba y así regresaron siendo adultos, la una en calidad de monja – que acarreaba un estatus nada despreciable- y el otro como empleado en la ciudad y esposo de la maestra de la vereda.

Mi mamá, mi hermano y yo nos íbamos en navidad una semana antes que mi papá y mi tía, en una especie de avanzada para ayudar a preparar su llegada.  Sacaban las sábanas buenas y hasta los platos nuevos de la vajilla. En las dos habitaciones repartían a los durmientes, nosotros en la del medio, previo desplazamiento bañado en lágrimas de mis primos que acostumbraban a dormir siempre con la tía ya solterona y la habitación grande de mi abuela, preparada para las visitas ilustres de sus hijos pródigos.

Una noche después del rosario y ya acostados, solo la tía Nila y Misia Adelaida en la cocina ultimando detalles, escuchábamos curiosos la conversación proveniente de la pieza principal, cuando de repente sus dos ocupantes empezaron a gritar: una culebra de tamaño considerable según vimos más tarde, hizo su aparición en el piso.

Atraída por los gritos, de ellos por testigos primeros de la intrusión y de nosotros por solidaridad, apareció mi abuela en el umbral de la puerta con una escoba, miró primero a la intrusa en el piso y después a sus dos vástagos pálidos parados encima de sus respectivos tálamos, y procedió a darle golpes al pobre animal, mientras mascullaba entre dientes, que para que se las daban de tan importantes, si ni siquiera servían para sacar un bicho de la casa y mientras transportaba al atontado animal colgando del palo, pronunciaba la sentencia final: y así quedaron inscritos en los anales familiares por siempre y para siempre como una inútil con hábito y un gallina que trabajaba en la ciudad.


Comentarios

Entradas populares de este blog