EMULANDO A MISIA ADELITA

Así le decían a mi abuela,
todas las personas de La Frisola cuando en el camino desde el pueblo
se detenían al frente de su humilde casa campesina a saludar, pretexto para recibir
de manos de Misia Adelita aguapanela con limón en verano o aguapanela con leche
y arepita pequeña en invierno.
La doña, adusta y fría,
había criado sola cuatro hijos haciendo viandas para vender en el pueblo los
domingos y batallando con una máquina de coser de pedal en la que inventaba, de
cualquier retazo, falditas o pantalones cortos para los niños de la vereda.
Tenía en su habitación un
baúl hecho con tarros de galletas, muy común en los pueblos antiguamente, cuyo
contenido era para mí un cofre de corsarios; siempre quise saber que contenía,
pero la señora nunca dejaba que ninguno de sus nietos estuviéramos a menos de
tres metros cuando lo habría. Cuando crecí olvidé el motivo de mi
curiosidad y me enteré de tan preciado secreto el día que conversando con mi
tía le conté que yo tenía un baúl lleno de retazos y me respondió muy seria que
el baúl de mi abuela también tenía retazos. Misia Adelita y yo tenemos la
misma idea de lo que es un tesoro.
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