LOS SUFRIDORES PROFESIONALES Desde
la perspectiva del budismo el dolor es obligatorio, pero el sufrimiento es
opcional, entendiendo sufrimiento desde la etimología de uno de sus lexemas ferre,
como aquello que lleva dolor. Nuestra
cultura occidental, tan alejada de estas filosofías orientales no percibe, ni
concibe estas sutiles diferencias, pero aún sin tenerlas claras, todos
conocemos vecinos, compañeros de trabajo, amigos y familiares que encuentran un
perverso disfrute en el sufrimiento incesante.
Solo
sienten la vida mediante el padecimiento, pero aclaremos que hay marcadas
diferencias entre los sufridores profesionales; unos se padecen ellos mismos,
otros son de malas con doctorado financiero y otros, los más altruistas, se
angustian por todo lo que ocurre en su entorno cercano y no tan cercano.
Los
primeros no viven, sobreviven. Les duele
todo lo que se llama anatomía, incluso conocí alguna vez a una doña Julia que
no experimentaba varios malestares corporales, sino uno solo itinerante: cada
semana el achaque en cuestión anidaba en una parte diferente de su cuerpo. Pero la dolencia alcanzaba su máximo
esplendor, cuando ella, la doña encontraba un escuchador desprevenido -no
interlocutor- que oyera estoicamente la
descripción del camino recorrido, no solo por el dolor “que empezó hace ocho
meses mijito, por el lado del juanete derecho y ya va por la nuca”, sino por el
ineficiente sistema de salud que no la ha atendido como se merece y por los
múltiples exámenes de diagnóstico que han aplicado mal y nunca arrojan el
resultado, que la sufridora está convencida de padecer.
Encontrarse
a este tipo de sufridor en el bus, en la sala de espera o en la peluquería es
caer en una situación de rehenes, pues requieren de un público cautivo, para
exhibir, formular y magnificar su dolor.
Los
segundos viven de calamidad en calamidad, generalmente económica. Les suceden todas las desventuras del mundo,
los atracan mínimo tres veces al año, en los trabajos no les entregan el sueldo
completo y los hacen aburrir, sus compañeros laborales, sentimentales y
sociales les piden plata prestada y nunca les pagan y en la familia no los
comprenden, les suben los servicios públicos más que a los demás y siempre
tienen múltiples deudas. Sus desgracias se acrecientan cuando hay que dar una
cuota para un regalo, arreglar el techo de la casa de los papás o poner para el
paseo de diciembre. Eso sí hay que reconocerles, que como plan de ahorro
personal sus quejas son muy efectivas. Hay uno en cada familia.
Los
últimos, los altruistas, son los vigilantes perpetuos de todas las acciones y
hasta de los pensamientos de aquellos, que tienen la desgracia de compartir
espacios o vida con ellos, pues hasta pitonisos resultan para adivinar la vida
interior y las intenciones ajenas. Sus
muy variadas y generosas opiniones parten de una superioridad moral que les
concede patente de corso para juzgarlos a todos, porque su sello editorial es
que nada está bien hecho.
Los
únicos que lo hacen todo de la manera adecuada son ellos, pero en su infinita filantropía
siempre están dispuestos a ayudar. En
los trabajos se quejan de cualquier decisión, así no los afecte, viven
pendientes de la llegada y salida de sus compañeros, del tiempo que invierten
en ir al baño, de las llamadas que responden, de si van mucho a la oficina del
gerente o si gastan mucho papel. Lo que deberían compartir, cosa que si resulta
interesante, es como hacen para que les rinda el tiempo, mientras ejercen su
vigilante labor, eso sí, siempre con el ceño fruncido y cara de dolor de
estómago.
En
las familias son los gurús del buen vivir, de los métodos adecuados de crianza,
de las finanzas personales y hasta de la decoración interior. Aguantarlos en una reunión es estar dispuesto
a que todo lo que salga de la boca de sus, esos sí sufridos parientes, sea
desnudado y viviseccionado en la palestra pública para después exponer, la
manera como sí deben hacerse todas las cosas.
Si el pobre hermano anuncia con alegría que se va a comprar un carro, el
supersufridor le va a hacer la lista del dinero que va a perder en depreciación
-recuerden que son expertos-, si el primo se va a casar le recuerdan su larga
historia de fracasos amorosos, desde que Martica le robo la lonchera en
preescolar hasta la actualidad, y ni digamos que tendrá que escuchar la pobre
tía que va a empezar a estudiar a sus 40.
Los
sufridores no son buenos compañeros de vida y no me refiero a los demás, porque
tienen la opción de no permanecer mucho tiempo a su lado, me refiero a ellos
mismos.
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