REDES SOCIALES: IMPONIENDO LA LETRA ESCARLATA
Recientemente llego a mi WhatsApp un meme de esos que
aunque concebidos para generar sólo risas, se detienen en el alma en busca de
algo más. “Lo bueno de tener más de 40 años es que hicimos todas nuestras
estupideces antes del invento del internet”. La frase aparte de muchas otras consideraciones
(como que ya habían inventado la red desde 1969 con el nombre de Arpanet), nos
lleva a preguntarnos cuál ha sido el verdadero rol que les hemos otorgado en
nuestra vida a las redes sociales.
Empecemos por la semántica, la forma de nombrar que
para los humanos es tan importante. No es gratuito que se llamen redes, la RAE
en su página virtual presenta doce acepciones:
la primera literal y obvia, nos habla de un aparejo usado por los oficiantes
de la pesca y la caza. La quinta y la novena aportan datos más significativos y
turbadores, “ardid o engaño de que alguien se vale para atraer a otra persona”
reza una, “conjunto de personas relacionadas para una determinada actividad,
por lo general de carácter secreto, ilegal o delictivo” afirma la otra. (RAE,
2020)
Preguntémonos entonces a la luz de las definiciones,
¿cuál es el ardid de que se valen estas redes para atraer nuestra dispersa
atención? Son varios, pero bastante atrayente es el que nos permite ser los
productores de la vida que habita nuestro imaginario; montar la escenografía, manipular
el vestuario, maquillaje y fotografía de la gran escena para sentir que por un
momento controlamos algo (porque no podemos con nuestra propia vida, la de
verdad) y finalmente unir todo en un montaje para exhibirla a los demás,
resulta fascinante. Y si después de subir la producción a Facebook o Instagram,
muchos nos dan su aprobación en forma de likes, nos sentimos felices por un
rato, un hermoso rato, antes de caer en el vacío de la realidad.
Pero mentirse no es grave, dirán algunos; no se le
hace daño a nadie, dirán otros.
Respondamos con un si condicional y no con un sí afirmativo porque la
cosa no es tan inocente como parece. Esa es solo una de las aristas de las
redes, pero detengámonos en otra de esas esquinas, en una aún más peligrosa; en
aquella en la que se esconden quienes están convencidos de que el anonimato
virtual viene con patente de corso para fungir de juez y parte en cualquier
situación.
Hace unos años, el 12 de junio de 2017 escribió Elbace
Restrepo, columnista de El Colombiano un texto titulado Morbo viralizado,
en el que cuestiona a quienes generan, viralizan y comentan los tantos
contenidos, en ocasiones nocivos, que dan vueltas en Twitter por ejemplo. Casi cuatro años después esos interrogantes
siguen sin respuesta. Ella no es la
única, han corrido ríos de tinta en los que escritores, filósofos, periodistas
o cualquiera con una mínima capacidad de reflexión se han cuestionado sobre la
forma de vida existente en este enredado mundo virtual.
Volviendo al mensaje inicial, quienes hemos recorrido
esta vida durante más de cuarenta años, sí tenemos que agradecer. Nos equivocamos, algunos bastante, metimos las
patas hasta el fondo e incluso mucho más que cualquiera de los contemporáneos,
pero como nadie ventilaba a los cuatro vientos nuestros errores, no teníamos
que unirle a la equivocación, la sanción social con foto y video, además del
vilipendio público.
El problema de hoy es que atrapados y enredados en la
red (noten la redundancia) volvemos a jugar a lo que no somos, ya no como
cineastas de la vida deseada, sino como jueces de la ajena. Es un juzgamiento
que funciona además, como autoelogio: no somos como el espécimen del video, que
poseído por sustancias nocivas se torna agresivo, “que horror, pero miren a
este tipo, es el colmo”, traigan las antorchas y procedamos al
linchamiento. El escarnio público dura
dos o tres días, de acuerdo a la cantidad de viento con que los medios de
comunicación hayan avivado las llamas, pero la marca en el alma del que parece
victimario y a lo mejor también es víctima, queda para siempre.
Los cuarentones, cincuentones y más grandecitos,
teníamos la posibilidad de recapacitar sobre lo acontecido, reflexión que en
ocasiones venía adobada con la cantaleta de quienes en la casa mucho se
enojaban, pero también mucho les importaba. No se nos imponía andar por el
mundo con una letra escarlata en el pecho (los invito a leer La letra
Escarlata de Nathaniel Hawthorne), que más que cosida en la ropa queda
marcada en el alma. La RAE tiene una vez
más la razón, somos fragmentos de grupos organizados de carácter, no ilegal,
pero si antiético, amoral, despreciable y sin un ápice de capacidad reflexiva.
Y nos causa mucha gracia ver en Los Simpsons, las
escenas de turbas enardecidas armadas de garrotes y antorchas persiguiendo
cualquier objetivo. Pero no queremos ver que somos parte de esa turba que acosa
y hostiga ciegamente a cualquiera, para sentirnos mejor en nuestro propio
pellejo y que además, necesitamos ese rumor constante, que nos repita
incesantemente que los malos, inadaptados y deformes son los otros, para no
escuchar nuestra conciencia y darnos cuenta de lo infelices que somos. Porque
no me vengan a decir, que una persona dedica tres o más horas de su vida a
escribir, o mejor a destilar hiel desde el otro lado de la pantalla, porque
tiene una gran vida y es muy feliz.
Ya no vivimos.
Somos productores ficticios y fragmentos virtuales tristes, que siguen
ordas de red en red.
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