GRANDES MUJERES SIN E

Últimamente el uso del lenguaje se ha constituido en la parte visible y esencial de varias luchas sociales, pero si bien es significativo que le hayan dado a la palabra el papel preponderante que cumple en nuestras vidas, también es necesario aclarar que desde el punto de vista lingüístico, la evolución del lenguaje como ente vivo que cambia con el transcurrir de los tiempos, obedece a fenómenos colectivos, en los que los nuevos términos se establecen mediante acuerdos tácitos entre hablantes, con el fin de ampliar la base léxica para acercar y entendernos mejor, no para alejar y desentendernos más.

La reflexión anterior nace a propósito de la columna que el escritor Carlos Granés publicó el 22 de abril en El Espectador, en la que reflexiona sobre el nuevo lenguaje inclusivo en España, que propone el uso del grafema e como comodín salvador, una especie de esperanto en el que, por fin, todos serán representados: niños, niñas y niñes.  Empieza Granés su texto contándonos que estaba viendo “un video viral de la ministra de Igualdad de España haciendo alarde —abusando, en realidad— del lenguaje inclusivo” y añade sobre la llamativa forma de expresarse que “La jerga que usaba estaba creando, como todas las jergas, una diferencia entre quien la usa y quien no”.

Buscando en la red, podemos encontrar varias acepciones de la palabra jerga: la RAE en su página oficial (RAE, 2021) enuncia que es un lenguaje particular y familiar que utilizan entre sí los integrantes de un cierto grupo social, y en la página Definiciones.com añaden que esta especie de dialecto puede resultar difícil de entender para aquellos que no forman parte de la mencionada comunidad (Definiciones, 2021). Es decir, es un lenguaje excluyente que aísla y construye un gueto en el que solo caben los similares, y que por lo tanto en el caso que nos ocupa, termina provocando el mismo resultado que ataca.

Y en el uso de la palabra es tan importante los que nombran como lo nombrado, y los primeros en muchas ocasiones cuando enarbolan las banderas de la salvaguardia de cualquier causa, atraviesan la delgada línea de defensores a fanáticos de forma muy rápida, y como decía Santayana “el fanatismo consiste en redoblar el esfuerzo cuando has olvidado el fin".  Se desdibuja entonces, el objetivo primario de la búsqueda de la igualdad y lo que realmente termina importando es sobresalir, imponerse, demostrar y en ese camino excluir. Ni en el escrito del señor Granés ni este, se intenta negar el problema social, profundo y arraigado del machismo el mundo y sus múltiples consecuencias.  Pero pretender una solución basada únicamente en el uso del lenguaje, de un lenguaje que muta en jerga, que aparta, pero no aporta, es limitante.

La solución a cualquier problema social, ancestral y arraigado nunca es tan simple. Se requiere de esfuerzos mancomunados que provengan de múltiples frentes, con la idea de formar comunidad, no de fragmentarla.  En este caso el esfuerzo primordial debe provenir del objeto mismo de la defensa: la mujer.  Una mujer que es sujeto de derechos y también de deberes, incluyendo el deber primordial de empoderarse de su propia vida y aprovechar el uso del lenguaje como motor de cambio. Debe ir más allá de la superficie: más allá de nombrar en un discurso a todos los presentes, casi de forma individual, que es lo que se pretende.

Las mujeres más poderosas, aquellas que han transformado al mundo, no han limitado su aporte solo, al políticamente correcto, uso del lenguaje: la francesa Christine Lagarde, abogada, economista y política, Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional del 2011 al 2019, actual Presidenta del Banco Central Europeo, no da inicio a sus discursos con diferencias de género en el lenguaje; se preocupa por aprender el idioma del país al que visita para demostrar respeto y empatía.  Angela Merkel, física y política alemana, canciller de su país desde el 2005, si bien, saluda diferenciando conciudadanos y conciudadanas, no adapta el resto de su discurso al género de las palabras. Lisa Sue, ingeniera eléctrica, directora ejecutiva y presidenta de Advanced Micro Devices AMD, tampoco hace uso del lenguaje diferenciador.  ¿Casualidad? No podríamos preguntarles a las señoras Lagarde, Merkel y Sue, pues seguramente están muy ocupadas dejando su profunda y valiosa huella.

Usar el lenguaje en beneficio de la causa femenina, empieza con el discurso que deben escuchar las niñas desde su más tierna infancia: eres capaz, tú puedes, eres más que tu apariencia.  La construcción de la seguridad interior en las mujeres y el fortalecimiento de una autoestima sana se constituye en la mejor arma para enfrentar prejuicios; no se agota en el cambio de un grafema. 

En el evento comentado por el escritor, el lenguaje no es un elemento aportante sino un lacayo al servicio de la causa.  Para que de verdad sea el propulsor del cambio se debe ahondar en su uso, no solo en la forma en la que nos nombran, sino en la manera en la que nos nombramos y nos instalamos en el mundo. Para ilustrarlo, nada mejor que la respuesta de Carmen Ruscalleda, la chef con más estrellas en la Guía Michelin en el mundo, a propósito del premio que le dieron por ser la mejor mujer chef del planeta: “Cuando me lo propusieron les dije: ‘¿Es que el año que viene les darán un premio al mejor cocinero negro o al mejor cocinero gay? ¿Por qué nos sacan de contexto? En la cocina el resultado no discute si es masculino o femenino’. (…) Es discriminación positiva.” (González, 2018, párr.13)

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