LAS DIFERENCIAS QUE NO
RECONOCE EL DOLOR
Dicen los que saben que el camino que se recorre al enfrentar un duelo tiene
etapas reconocibles. Los que han perdido a un ser
querido se identifican con ellas, pero esa ruta desconoce las diferencias que
hacemos los humanos respecto a la intensidad del duelo; esas discusiones en las
cuales se trata de establecer cual perdida duele más de acuerdo con la
cercanía, lo que nominan en los formularios como grado de consanguinidad,
evadiendo aquello que cacaraqueamos mucho pero poco hacemos: ponernos en los
zapatos ajenos.
Entonces enunciamos nuestra sabiduría ancestral a los cuatro vientos: duele más
la muerte del Zutanito que del Peranito dice uno, no que tal es peor la del Menganejo dice
el otro, nooo jamás es peor esto sentencia un tercero. Y cuando la
presencia que falta es la de un animalito responden con una voz de
conmiseración que va haciéndose inaudible a medida que se acaba la consabida
frase: ¡Ah es que era un perrito...
Es la soberbia o la estupidez humana, como decía Einstein, las que nos hacen
ubicarnos en el lugar privilegiado de dueños del bien y del mal y por ahí
derecho del sentir de los demás. Como siempre, nos negamos a
entender que no somos el ombligo del mundo, que nuestra mirada del entorno no
es la única y mucho menos la verdadera, que en este mundo hay tantas verdades
como humanos existimos y que cada uno vive su duelo de una manera diferente.
¿Sabemos acaso cual era la relación de ese compañero de trabajo o de estudio
con su familia? (que puede ser tóxica) o ¿por qué ese perro o ese gato o esa
ave con quien compartió su vida durante 2 o 14 años, se había constituido en
la relación más verdadera y profunda que había tenido?
Cuando enfrentamos el fallecimiento de un ser amado, nuestro sistema límbico no
atiende a ese tipo de diferencias, el dolor intenso de la separación definitiva
tiene diversos matices que sólo quien los experimenta conoce. Es la
sociedad la que nos ha impuesto niveles de dolor, como evidencia Camus en El
Extranjero; Meursault es duramente atacado por no haber llorado en el
sepelio de su madre, juzgan quienes no conocen el fondo de esa relación.
Es la sociedad del parecer la que funge como juez y parte para señalar y
sancionar.
Un duelo es uno de los momentos más duros por los que debemos atravesar todos y
no tendríamos por qué unirle a semejante estado emocional la sanción de los que
nos rodean. Seamos generosos con el dolor ajeno, a ver si eso nos hace un
poquito más humanos o más animales, que son más solidarios
que nosotros.
Dicen los que saben que el camino que se recorre al enfrentar un duelo tiene etapas reconocibles. Los que han perdido a un ser querido se identifican con ellas, pero esa ruta desconoce las diferencias que hacemos los humanos respecto a la intensidad del duelo; esas discusiones en las cuales se trata de establecer cual perdida duele más de acuerdo con la cercanía, lo que nominan en los formularios como grado de consanguinidad, evadiendo aquello que cacaraqueamos mucho pero poco hacemos: ponernos en los zapatos ajenos.
Entonces enunciamos nuestra sabiduría ancestral a los cuatro vientos: duele más la muerte del Zutanito que del Peranito dice uno, no que tal es peor la del Menganejo dice el otro, nooo jamás es peor esto sentencia un tercero. Y cuando la presencia que falta es la de un animalito responden con una voz de conmiseración que va haciéndose inaudible a medida que se acaba la consabida frase: ¡Ah es que era un perrito...
Es la soberbia o la estupidez humana, como decía Einstein, las que nos hacen ubicarnos en el lugar privilegiado de dueños del bien y del mal y por ahí derecho del sentir de los demás. Como siempre, nos negamos a entender que no somos el ombligo del mundo, que nuestra mirada del entorno no es la única y mucho menos la verdadera, que en este mundo hay tantas verdades como humanos existimos y que cada uno vive su duelo de una manera diferente.
¿Sabemos acaso cual era la relación de ese compañero de trabajo o de estudio con su familia? (que puede ser tóxica) o ¿por qué ese perro o ese gato o esa ave con quien compartió su vida durante 2 o 14 años, se había constituido en la relación más verdadera y profunda que había tenido?
Cuando enfrentamos el fallecimiento de un ser amado, nuestro sistema límbico no atiende a ese tipo de diferencias, el dolor intenso de la separación definitiva tiene diversos matices que sólo quien los experimenta conoce. Es la sociedad la que nos ha impuesto niveles de dolor, como evidencia Camus en El Extranjero; Meursault es duramente atacado por no haber llorado en el sepelio de su madre, juzgan quienes no conocen el fondo de esa relación. Es la sociedad del parecer la que funge como juez y parte para señalar y sancionar.
Un duelo es uno de los momentos más duros por los que debemos atravesar todos y no tendríamos por qué unirle a semejante estado emocional la sanción de los que nos rodean. Seamos generosos con el dolor ajeno, a ver si eso nos hace un poquito más humanos o más animales, que son más solidarios que nosotros.

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